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  CASEROS - sábado 19 de Octubre de 2019
Desaventuras de un dia cualquiera
por Jorge Alberto Iglesias Lorenzo
 



¡Desventuras de un día cualquiera!

¡Este lunes no tuve un buen día!. ¡No!.

Me levanté bastante animado para ir al trabajo.
Con las vueltas de la ducha, el desayuno y vestirme anduve justito para agarrar el auto y salir como una flecha para el laburo, sino llegaba tarde. ¡Y llegué tarde!.

Quise prender el coche, pero no hubo suerte.
Lo empujé un poquito y no quería tampoco.
Hasta que empujando lo fui llevando hasta la calle que cruza, donde hay un poquito de pendiente, y dejándolo bajar para que tomara algo de velocidad con la segunda metida fui soltando embrague y lo prendí.

Ahora lo ponemos en punto muerto y lo aceleramos un poquito, ¡guarda! que el coche aún está frío, ¡eso es! (entramos en un llano de la calle), frenamos, aceleramos otro poquito y ahora vamos a meter la primera para arrancar y... ¡¡¡me cago en el tren de las tres y diez!!!, al pisar el embrague para meter la marcha ¡se me dispara el pedal p’al fondo justito en el momento en que iba a entrar la primera, me estremece un rapidísimo movimiento sísmico provocado seguramente por la caja de cambios al golpear con la marcha sin embragar y se apaga el auto.

Reacciono y en un acto reflejo intento volver a arrancarlo pero no quiso volver a encenderse.
Pasaban quince minutos de la hora de entrada en el trabajo.
Llamé desde mi celular a un auxilio que me llevó el coche al taller donde me dijeron que tenían mucho trabajo y que me lo arreglaban para el final de la tarde.

Resignado, salí disparado hacia la avenida más próxima dispuesto a tomar un taxi para intentar no llegar excesivamente tarde a mi “cita diaria”.
No me desesperé por la tardanza “momentánea” ya que peor no podía estar y cuándo uno espera se desespera.

De pronto allá a lo lejos diviso una luz tachera acercándose lentamente en medio del tránsito. Mi rostro se ilumina radiante de felicidad.
Levanto mi mano cuándo aún venía un poco lejos y al seguir con mi vista la línea del cordón de la vereda, veo a una señora, más adelante que yo, colocando su brazo en el mismo gesto que el mío. ¡Y el taxista que le hace caso!.

Corro como un loco en dirección al auto ya parado y con la puerta trasera abierta al tiempo que la mujer se mete dentro y apenas alcanzo a decirle: ¡señora, lo pedí yo primero!, la mujer me miró con cara de desprecio y me respondió: ¡Si!, ¡pero usted estaba más lejos! ¡y yo no puedo esperar! al tiempo que cerraba la puerta y el taxi arrancaba: ¡la pu...... nta del obelisco, che!, se me debió quedar tal cara de boludo que me daba pena yo mismo.

Mientras esperaba otro taxi, fui llegando a una parada de colectivos (acá, autobuses), levanté la vista leí “12B” y recordé que éste me deja delante de la puerta.
Y con tanta buena suerte que ahí nomás ya venía uno.

Lo tomé. No le tuve que dar la parada, ya se la dio el solito.
Me salió mucho más barato que el taxi y no me tuve que pelear con ninguna señora.
No tuve que pelearme, pero si que empujar un poco un par de gordos culos que atascaban el pasillo interior ya de por si abarrotado de viajeros a esas horas de la mañana.
El único problema es que tardé casi una hora en recorrer la distancia que separaba la parada de origen con la de mi trabajo siguiendo el recorrido del colectivo (claro está).

Pero valió la pena.
Después de todo el disgusto mañanero y a pesar de que aún me quedaban muchas horas de trabajo, reconozco que ese pequeño “relax” que significó el viajar en colectivo (bonita costumbre que había perdido), me sirvió para volver a ver la ciudad de otra manera.

Después de un rato, ¡Conseguí sentarme! y desde mi asiento veía pasar a través de la ventanilla las farolas, vidrieras, portales, personas y que se yo cuántas cosas más vistas desde una perspectiva distinta.
Más sosegada. Más contemplativa.
Y aunque no estuviera viendo “maravillas de la naturaleza”, si que me libraba por un día de la tensión que significa conducir, la bronca por los semáforos que no se abren, los transeúntes que desesperados se ponen a cruzar la calle corriendo y se te meten en medio, el buscar y no encontrar donde estacionar el auto, etc.

¡Si hasta me encontré con Hector! (un paisano nuestro que se vino en el ’82 y laburaba con su viejo en la zapatería que éste montara en el “Calvario”, uno de los barrios de Vigo). ¡Hacía como 7 años que no lo miraba!, ¡y como le cambió la vida!. Bahhhhh, ya se sabe ¡la vida es un tango...!.

Después el se bajó, yo seguí y aún tuve tiempo de ver a mi alrededor mientras intentaba acordarme de los colectivos de Buenos Aires.

Los viajes con mis papás en el 289, el 181, el 123, el 343.
O ya en la capital, mis viajes en el 80, el 71, el 133, el 113, el 87 o líneas como el 127,el 187, el 149, el 176, el 111, el 108 que veía pasar cada día por Parque Chás y Villa Urquiza, la famosísima 60 y tantas y tantas otras existentes y ya desaparecidas.

En el 289 recuerdo con cariño un “Bedford” que tenían cuándo yo aún era chiquito.
Después me vienen a la mente los “Mercedes L-312” y y sobre todo los legendarios “LO-911” (que tenían bastante trompa).
¡Cuántos había!, ¡y que buenos salieron!.
Era el imperio de los Mercedes.
Después vinieron los modelos “LO-1112” y otra leyenda de nuestros colectivos los “LO-1114” (los de la trompita corta y redondeada) ¿se acuerdan? que también perduraron años y años, casi tantos como su antecesor.

Ya poquito tiempo antes de venirme (allá por el ’79 más o menos) empecé a ver las primeras unidades cuadradas con formato propio de autobús europeo y muy sosos ellos, hasta nuestros días en que creo, siguen de moda.
¡Que pena de aquellos colectivos!
Por muy alemanes que fueran de origen los “mercedes”, ... ¡tenían tanto de argentinos!.
¿No opinan lo mismo paisanos?.

No serían tan cómodos como los de hoy en día ¡de acuerdo!, ¡pero tenían su “chimichurri”!, ¿no creen que tengo razón?.

¿Aún conservan la costumbre de bajarse con el colectivo en marcha?, yo una vez casi me empotro contra el poste de una parada al bajarme en Francisco Beiró.
Acá eso no lo dejan hacer, las puertas solo las abren cuándo el vehículo está detenido.

Lo importante es que nuestro transporte colectivo se mantenga intacto.
En su esencia.
¡Que no nos quiten más lo que es nuestro!.
Yo que vivo en la vieja Europa, tierra del dichoso progreso, echo de menos los colectivos de mi tierra.
¡Se dan cuenta!.

¡Y los boletos!,
¡cuántos de nosotros no habremos coleccionado boletos!.
Aunque todos tenían el mismo formato, en cada línea eran de distinto diseño y colores, lo cuál los hacía muy atractivos.

¡Y los boletos capicúa!, andábamos como locos para conseguir uno.
Recuerdo que, subías al colectivo, sacabas el boleto e instintivamente ya le buscabas el número para ver si era capicúa o no.

Te servían de señaladores en los libros y como eran distintos dependiendo de que línea, siempre podías marcar varias páginas o partes de un libro, por ejemplo en los manuales del colegio.

Por otro lado, el viaje en auto es muy lindo, muy personal, muy cómodo, muy íntimo, pero un viaje en colectivo... ¿hay algo más social, más pintoresco y más saludable que un viaje en colectivo a cualquier parte de nuestra ciudad?.

No nos damos cuenta hasta que no lo tenemos a mano.
¡Cuánto nos lo agradecería nuestra salud que últimamente tiene tanta tendencia a perseguir las agujas del reloj porque no hay tiempo que le alcance!,
ocasionándonos al final tantos problemas como el stress, problemas nerviosos, cardiovasculares, úlceras, insomnios, ansiedades, tabaquismo y que sé yo cuántas porquerías más.
¿y total?, ¿para qué?. ¿Se lo han preguntado alguna vez?.
¿a dónde vamos con tanto apuro?, ¿qué queremos alcanzar?, ¿una mejor calidad de vida?, o ¿una mejor vida...?, EN EL OTRO MUNDO, CLARO.

Además, fíjense lo que son las cosas, que casualmente hoy escuché en la radio que hay un “cierto” interés ecológico en el fomento de la utilización de los colectivos, por lo menos en Europa, ya que ayuda a descongestionar el tránsito en las ciudades, además de estar poniendo en práctica nuevos y diversos sistemas de combustión que ayudarían a reducir la emisión de gases que colaboran a diario en la destrucción de nuestra “ya enfermita” capa de ozono.

¡Y que duda cabe que la propia utilización de los colectivos evitaría que quitáramos los autos a la calle y por tanto serían menos los tubos de escape que vaciarían sus “malos humos” en la atmósfera!.

¡Ya sé!, ¡no me digan nada!, y por ahí me salen con que: ¡PERO SI TIENEN UN SERVICIO PÉSIMO!, ¡COMO VOY A IRME AL LABURO EN COLECTIVO!, ¿VOS ESTÁS EN PEDO O QUE?

Si se ponen así paisanos, no retruco.
Cada uno conoce “más o menos” el servicio que tiene en su barrio y el tiempo con que cuentan.
Pero si se puede ¿por qué no?.
Piénsenlo.
No estoy loco (creo), ni tengo ninguna empresa de colectivos, ni soy accionista de ninguna, pero a lo mejor daríamos menos bocinazos en la calle, nos putearíamos menos y quién sabe si hasta no esbozaríamos alguna que otra sonrisa con mayor facilidad, fruto de una mayor tranquilidad cada día, en lugar de llenarnos de bronca por algo tan insignificante como es desplazarnos por las calles de nuestra ciudad.

¡Hasta otro día, caserinos!.

P.D.: Por cierto, cuándo llegué al trabajo dos horas y pico tarde, resultó que mi Jefe había cancelado su viaje y viniera por la oficina.
¡Menuda bronca que casi me cae!.
Menos mal que el tipo al final me dejó contarle la historia y después de oír mis explicaciones se tranquilizó y fue comprensible hasta el punto de acercarme al taller al final de la jornada para recoger el auto.






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