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  CASEROS - miércoles 16 de Octubre de 2019
Desde España: Un submundo de paso
por Jorge Alberto Iglesias Lorenzo
 



Hola Paisanos

Acá ando otra vez.

Soy irregular porque el día a día manda. Pero acá estoy de nuevo.Y lo cierto es que por motivos laborales tuve que viajar un poco durante estas últimas semanas.

Los viajes por muy cómodos que resulten hoy en día, son agotadores hasta la saciedad.

Pero gusta hacerlos. Conocés ciudades, personas, lugares, culturas, formas de vivir y de hacer, lo cuál te enriquece tanto social como profesionalmente según se trate. Y los nexos de unión de estas posibilidades suelen ser, sino llevas el auto, las estaciones de tren, los puertos, las terminales de ómnibus o los aeropuertos.

¡Los aeropuertos!, quizás uno de los puntos de salida más concurridos y populares hoy en día. Cada vez más. ¿Se dieron cuenta?, los que hayan tenido la posibilidad, ¿qué submundo de paso son los aeropuertos?. Sobre todo si éstos son internacionales. ¡Tal vez algunos de Uds. hayan tenido la ocasión de presenciar, y porqué no, sufrir la espera, el encuentro y el desencuentro que se produce en éstos espacios de conexión con el país y el mundo!.

Pero si no nos dejamos llevar por la ansiedad, si somos pacientes y consecuentes con nuestro tiempo de espera, podemos sacarle partido a esta indeseable estancia.

El aeropuerto es como una pasarela por la que desfila todo tipo de gente, más aún, creo que es como un pequeño teatro de la vida por el que discurre todo tipo de personajes: ejecutivos, turistas, emigrantes, artistas, obreros, autoridades, etc.

Si té sentás, relajado, dispuesto a dar rienda suelta a tus sentidos té podés divertir de lo lindo. La gente va y viene en un movimiento continuo que según la hora, recuerda mucho a la calle Florida y su tránsito habitual.

Unos no pierden de vista la hora. Ya sea en su propio reloj o en los muchos que adornan las instalaciones. Corren algunos, apuran otros, caminan los menos, pero siempre empujando una valija a modo de changuito o cargando el bolso de viaje al hombro. Tropiezan o se esquivan como en una coreografía poco ensayada. Siempre queriendo llegar a alguna parte. Sus caras reflejan todo tipo de emociones. Cansancio, desesperación, ilusión, nerviosismo, duda, prisa, disgusto, alegría, enojo, como si de una clase de expresión facial de estudio actoral se tratase.

Sus charlas, expresiones y comentarios son de lo más variopinto. Desde la clásica queja sobre lo que joroba estar esperando y lo mal que funciona tal o cuál compañía aérea, pasando por la insípida conversación sobre la meteorología que tenemos hoy, la crítica acerca del compañero de empresa, el debate sobre lo que pone hoy el diario acerca de las nuevas medidas económicas y políticas, el coste de la vida que sube, la discusión profesional acerca de la cuestión laboral que los obliga al desplazamiento, hasta las interjecciones más usuales e irreproducibles por culpa de llegar tarde para tomar el avión o porque la valija no aparece por ningún lado.

Y ahora, en los últimos tiempos contamos con un nuevo y enloquecedor elemento que se ha transformado en infaltable. Es como el aire que respiramos, la comida que nos alimenta, el sueño que nos repone pero que sin embargo sé prohibe en los hospitales, los cines, las reuniones, las iglesias y hasta en los aviones:
El celular.

Esa grande o chiquita caja de colores, con botoncitos y pantallita que nos mantiene SIEMPRE en contacto con todo y con todos.
Ese, que nunca tiene cobertura cuándo verdaderamente lo necesitamos.
Ese, que siempre alguien tiene apagado cuándo debemos hablar imperiosamente con él.
Ese, que siempre suena en los momentos más inoportunos y en los lugares más inadecuados.
Ese, que se quedó sin batería porque se olvidó de cargarlo antes de salir y no trajo el conector consigo.
Ese que sin ponerse de acuerdo con ninguno suena acompañado o acompañando a otros muchos de su especie, al unísono, en un desconcertante concierto desafinado, asombrando, despistando y encrespando a quienes los suf... perdón, los oyen.

Ese que “dicen sin confirmárnoslo seriamente, porque sino se acabaría el negocio” con un uso muy prolongado y constante provocaría algún tipo de cáncer. ¡Ese!.

Pues decía que dicho nuevo elemento también ha creado una serie de diversos y entretenidos personajes que hoy en día pueblan la “selva” que suponen los aeropuertos.

Los ejecutivos de alto standing, con mirada seria escuchando detenidamente cada palabra de su interlocutor con el ceño fruncido por la concentración y el interés de la noticia recibida o transmitida.

El turista que llama para anunciar que acaba de tomar tierra en la ciudad en cuestión y que todo fue bien gracias a Dios.

El obrero o especialista que indaga con su empresa, mientras busca a diestro y siniestro, a “alguien” que se supone lo esperaba para llevarlo a las instalaciones que requieren de su labor.

El artista o deportista “archiconocido” que es perseguido por sus fans desesperados por conseguir una firma o una foto suya mientras sus “gorilas” intentan frenar los impulsos, empujones y carreras de éstos seguidores a la vez que éste habla con ¡sabe Dios quién! de sus boludeces de turno porque los temas importantes los trata su agente o representante.

También escuchamos y hasta intentamos leer o descifrar una inmensa gama de idiomas. Infinidad de sonidos ininteligibles para nuestros conocimientos y que sin embargo oímos a nuestro alrededor en éstos espacios cubiertos.

Alemanes, chinos, ingleses, estadounidenses, sudafricanos, egipcios, italianos, argentinos, españoles y tantos y tantos otros que nos llevarían folios y folios repletos enunciar.

Y a esto último lo podemos aderezar con los diarios y revistas que vemos abiertos en una página concreta, o doblados bajo el brazo, o reposando, incluso olvidados en algún asiento o papelera en multitud de lenguas: germanas, latinas, árabes, sajonas, orientales, etc., etc. a pesar de ser el compañero infatigable en una larga, intensa, cansadora e inevitable espera.Y casi para terminar, el último grito de la moda en los aeropuertos (gracias a unos pocos desgraciados).

Porque claro, no nos llegaba con tener que traspasar los detectores de metales, siempre incómodos ¡porque seguro que algo se te olvida y té queda en algún bolsillo de la ropa!, con el consiguiente pitido que alerta al policía o custodio de turno que te obliga a volver marcha atrás para que revisés de nuevo las pertenencias que portás, las pongas en la bandejita, y lo volvás a intentar. Por fi... ¡y dale con el pitidito!, ¡y vuelta a empezar!, ¡¡¡pero si ya no me queda nada que sacar agente!!!. Entonces el tipo te muestra un artefacto que mismito parece de película de marcianos, te lo pasa alrededor tuyo como buscando una mina..., ¡una mina de oro digo!, y ¡al final termina encontrando el arma secreta!: LA HEBILLA DEL PANTALON. ¡¡¡La punta que la partió!!!.

Pero acá no termina el show, porque yo les hablaba del último grito de la moda en los aeropuertos: ¡¡¡Y ES QUE TE MANOSEEN!!!.Ya que no conformes con el mal rato que acabás de pasar, llegás cinco pasos más adelante y té encontrás a dos custodios con un “PERRITO” marca “ACME” con cara de pocos amigos y éstos gentilmente te solicitan: ¡Buenos Días Caballero!, ¿le importaría que lo registráramos?, ¡PUES NO! (me gustaría contestarles), con lo cuál seguro que me echan al “chuchito” encima mientras me matan a trompadas.

Entonces hipócritamente les contestás: ¡Por favor, señores, si para eso estamos!. ¡No lo duden!. Y ellos te toquetean de arriba abajo con mucho tacto, delicadamente, como si iniciaran las caricias de un cortejo amoroso, ¡ESO SÍ, EH!, con guantes. Que ellos son muy limpitos. Pero vos le ves los guantes blancos que ya toquetearon a no sé cuántos y los tienen renegridos de la mugre que se les pegó. Salís del control victorioso y asqueado cuándo de repente escuchás una voz en off por los altavoces que dice:
La compañía “ALITAS AIRLINES” anuncia la salida de su vuelo “0000” con destino: “SABEDIOS”. Se ruega a los señores pasajeros embarquen por la puerta “Z99”.

¡¡¡Ay mi madre si eso queda en la otra punta de la terminal!!!.Té llenás de aire y salís corriendo como un delincuente perseguido por todo el larguísimo y eterno corredor hasta que llegás justo en el momento en que están pasando la cadena de cierre al acceso.

¡Por fin! te dejan pasar y subís mientras una serena y atenta mirada te espera en la puerta para decirte ¡Bienvenido a bordo Señor!.

Apenas atinas a saludar mientras seguís en un nervioso y apurado paseo por un estrechísimo pasillo camino del asiento correspondiente. Pasás casi por encima de la señora que lee la revista de la compañía disculpándote por tu atropellado irrumpir intentando ponerte cómodo al tiempo que te dicen: ¡Perdone!, ¡ese es mi asiento!. Comprobás la carta de embarque y efectivamente es ese asiento... pero dos filas más atrás. ¡Perdone! ¡Y con las prisas!, ¡Ya sabe!, hasta que definitivamente té sentás y conseguís un poquitito, sólo un poquitito de paz interior, respirás hondo y finalmente té relajás dejándote llevar.


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