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  CASEROS - martes 15 de Octubre de 2019
2004 Jacobeo
por Jorge Alberto Iglesias
 



2004 Año Jacobeo.

El 2004 lleva casi dos meses de vida entre nosotros.
Aquí en Galicia el 2004 adquiere una dimensión especial.
Es un año proclamado a la religión, al turismo, y al desarrollo económico de la región. ¿Cómo?. Pues a través de su mayor tesoro espiritual, a través de su joven capital de autonomía pero milenaria ciudad, a través del patrón de Galicia y España: Santiago Apóstol.

Cuenta la leyenda que allá por el año 42 D.C. Santiago El Mayor fue decapitado por Herodes Agripa, y que su cuerpo fue arrojado fuera de la ciudad como alimento de perros y fieras.

Sus discípulos regresaron al lugar por la noche y se llevaron el cadáver hasta el puerto de Jope donde apareció una embarcación preparada para navegar aunque sin tripulación. Embarcaron el cuerpo de su maestro e iniciaron su viaje.

A los siete días de navegación, ya en el océano Atlántico, arribaron al puerto de Iria en la desembocadura del río Ulla, en tierras gallegas.

Depositaron el cuerpo del maestro en una gruesa roca, a la que ataron la barca, ésta cedió como si fuera de cera hasta convertirse en el sarcófago del Santo. Por la noche se adentraron unos kilómetros en el interior y acudieron a la pagana reina Lupa a quién pidieron una pequeña parcela para dar sepultura a su maestro. Ésta los remitió al rey Duyo (enemigo declarado del cristianismo) quién los encarceló. Fueron liberados por un ángel y perseguidos, luego, por el ejército que moriría ahogado al ceder, milagrosamente, el puente por el que intentaban cruzar el río.

Volvieron los discípulos a junto la reina Lupa. La reina aterrada por lo sucedido, quiso deshacerse de ellos y los envió al monte Illicinus. Les indicó que allí encontrarían una manada de bueyes mansos para uncir al carro que llevaba los restos del Apóstol Santiago; en realidad, se trataba de toros salvajes. Al aproximarse los discípulos, les salió al encuentro un horrible dragón que ahuyentaba a todos los habitantes de la comarca y que, ante su presencia, se esfumó sin dejar rastro. Acto seguido, se acercaron a los toros, animales que olvidaron su natural fiereza, y se dejaron uncir a la carreta. Con ellos se dirigieron al palacio de la reina Lupa, provocándole tal asombro que se convirtió al cristianismo y ofreció su palacio para iglesia y sepultura del Apóstol.

Hacia el año 813, un ermitaño llamado Paio tuvo una revelación angélica de que iba a ser descubierto el cuerpo del Apóstol Santiago. A los pocos días, unos pastores advirtieron una luminosidad extraña sobre el arbolado del monte Libredón (donde más tarde surgiría Compostela), que irradiaba de una estrella. El suceso fue comunicado al obispo de Iria Flavia, más tarde testigo del prodigio y ordenó tres días de ayuno.Comenzaron a desbrozar la maleza sobre la que brillaba la estrella y se descubrió el arca marmórica con los restos que, por una revelación divina, el obispo Teodomiro atribuyó al Apóstol Santiago.

Inmediatamente se da cuenta al rey Alfonso II El Casto (789-842) del milagroso hallazgo. El monarca acude con sus nobles y manda erigir la primera iglesia dedicada a Santiago y otras dos dedicadas al Salvador y a San Pedro y San Pablo, respectivamente. En el lugar, y por orden real, se instala una pequeña comunidad de Agustinos que constituye el primer núcleo de lo que poco después sería Compostela. El mismo Alfonso II da cuenta del hecho a Carlomagno, y la noticia se propaga con rapidez por toda Europa.

Ésta es la leyenda narrada y popularizada por el “Liber Sancti Jacobi” o Codex Calixtinus” (El libro es una compilación de textos jacobeos, realizado bajo el papado de Calixto II (1119-1124), de quien toma el nombre por atribuírsele algunos escritos en él. No poseemos certeza, por otra parte, de dónde ni quién los compiló, pero sin duda alguna se hizo en la mitad del siglo XII, con referencia expresa al culto de Santiago y los avatares de la peregrinación) que reforzada más tarde por el Papa Calixto II otorgando el “Año Santo Jacobeo” y por su sucesor el Papa Alejandro III (1159-1181) a través de la “Bula Regis Aesterna” en la que concede la otorgación de la gracia del jubileo a quienes visitasen el templo compostelano los años en que el 25 de julio coincidiese en domingo, impulsaron definitivamente las peregrinaciones a Santiago ya iniciadas éstas en el siglo IX y que no decayeron hasta el siglo XVI.
Desde ese tiempo descendieron y aumentaron dichas peregrinaciones en distintas ocasiones, siempre en función de las nuevas creencias religiosas que fueron poblando Europa y el mundo a lo largo de la historia y que fueron inclinando la fe de las multitudes hacia una u otra, hasta nuestros días.
Una vez relatada la leyenda del Apóstol Santiago (que creí interesante a modo de introducción para quienes desconocieran mínimamente él por qué de ésta veneración), e independientemente de sí se es un ferviente creyente o un ateo radical, pienso que las distintas circunstancias que rodeaban las formas de vida de las gentes que poblaron el mundo en esas épocas les hacía necesario creer en algo o alguien que los estimulara interiormente para poder seguir haciendo frente a la difícil realidad de la vida diaria que debían afrontar en su tiempo. Alguien sentenció una vez: “la fe mueve montañas” y soy de los que opina -que cierta es ésa afirmación-.

Posiblemente el clero desde su posición y los científicos desde la suya propia podrían encontrar, cada uno, “pruebas concluyentes“ que les llevaría a contradecirse y enzarzarse en extensas, filosóficas y profundas discusiones acerca de la existencia o no de los restos del Apóstol Santiago en Compostela.

Pero pensemos que si allí estuvieran sus restos y ello se hubiese ignorado por parte de la cristiandad, seguramente no se hubiese tenido la creencia y la fe acerca de tamaña reliquia por el propio desconocimiento de la noticia.
En cambio, verdad o no, “he ahí el beneficio de la duda”, la noticia se propagó, la fe se desparramó y se encendió contagiando a miles de cristianos de todos los tiempos y lugares quienes siempre han procurado hacer el camino de Santiago en el afán de satisfacer sus necesidades espirituales y/o simplemente de conocer el lugar donde descansan sus restos.
En el año 1993 (también Año Jacobeo), tuve la oportunidad (en compañía de mi señora y de un grupo de amigos y compañeros) de realizar una pequeña parte del camino de Santiago. Aproximadamente unos 70 kilómetros a través del conocido como Camino Francés en un período de tres días.
Algunos lo hacían con fines religiosos, otros por estar en contacto con la naturaleza y los demás por puro turismo.
Yo admito que lo hice por las dos últimas razones.
Fue un poco duro sobre todo para quienes no estabamos demasiado acostumbrados a las largas caminatas, pero gracias a la armonía del buen tiempo meteorológico y la belleza de los distintos parajes por los que transcurrió nuestra andadura, ésta resultó un bálsamo para nuestras monótonas y rutinarias vidas.

No sólo por el paisaje en sí sino también por el contacto con las gentes que nos fuimos encontrando a nuestro paso por los caminos y pueblos. La gran cantidad de peregrinos que conocimos venidos todos ellos de muy diversos lugares y cargadas sus mochilas con infinidad de anécdotas de pena y de gloria que nos relataban mientras descansaban sus ya molidos huesos en alguno de los muchos albergues en que coincidíamos a lo largo del camino.

Pero el diamante que coronó la joya fue la propia entrada en la Plaza del Obradoiro, ya en el centro de Compostela, lugar donde se halla la propia Catedral de Santiago.
Y yo personalmente viví la experiencia de subir las escalinatas que dan entrada a la catedral conteniendo una extraña emoción que me invadía y que por momentos se sobreponía a mí. Hasta llegar al interior donde ya no resistiendo más descargué todo mi llanto contenido.

Pero a pesar de ser llanto, admito que fue un lloro de alegría interior, de satisfacción propia, de plenitud espiritual. Algo no premeditado.

Me sentí envuelto por el ambiente místico y de intimidad que proporciona el propio recinto y aunque ya conocía la catedral y la imagen del santo (por visitas anteriores), ese día todo me pareció mucho más elevado, enorme, trascendental, quizás por la tranquilidad que da el deber cumplido (sin habérmelo propuesto) o tal vez por haber conseguido el objetivo después del esfuerzo realizado.

Fue una experiencia distinta, sana y muy enriquecedora en todos los sentidos y que recomiendo a todo aquel que tenga la ocasión o la suerte de viajar a Galicia o España.
Este tema se puede desgranar más aún, pero lo vamos a dejar para el próximo artículo ya que no quiero cansarlos.
Podemos hablar de los consejos a seguir para hacer el camino. De los distintos caminos existentes así como de “La Compostelana”.

¡Salud caserinos y vecinos!.




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