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  CASEROS - sábado 19 de Septiembre de 2020
Hugo Gallardo, una historia
por Hugo Gallardo
 



Estimados amigos: Quien suscribe, nacido en esa ciudad de Caseros hace ya casi 53 años, transcurrió su infancia y su adolescencia en Esteban Merlo y Tres de Febrero.

Todavía nos queda a mi hermana y a mí la que fuera nuestra casa de la infancia, de la que hace poco tiempo aún "partieron" nuestros queridos padres con una ínfima diferencia de meses entre uno y otro. Y entre otras tantas cosas, he conservado por años el recuerdo de un personaje que formó parte de la cotidianeidad de muchos adolescentes de los sesenta.

En archivo adjunto, les remito el relato que humildemente escribí y que pretende reivindicar la memoria de un bello loco de Caseros.

Un fuerte abrazo.

Hugo Gallardo.



CARMELO

Sin dudas que una infancia debió haber tenido, nadie nace viejo, pero para nosotros Carmelo era un ser atemporal, era un personaje, un despojo desde siempre y como tal reivindicabamos nuestro inalienable derecho a disponer de él como si fuese un objeto.

Tenía una vida, si es que se le puede llamar vida a su miserable tránsito por este mundo y ese devenir se nutría de una única rutina, procurarse algún dinero y con el, su vino diario.

Casi podría afirmar que Carmelo conoció en su paso por la tierra, un único lugar: Caseros y de ese lugar, una única calle: Tres de Febrero.

Ese fue su reducido mundo, allí dio rienda suelta a sus alegrías, soportó sus desventuras (las más), hasta es probable que en ese mismo lugar hubiera nacido.

Lo cierto es que Carmelo, siempre, siempre fue viejo y no cualquier viejo.
Carmelo fue "El viejo de Boca".
Lo de viejo, obviamente le venía de su propio ser y lo de Boca de su mas profundo "sentir", Carmelo amaba los colores de la insigna Xeneize.

Por entonces, años sesenta, casi todos los comercios de la calle Tres de Febrero ostentaban magníficos toldos que permanecían enrollados por las noches, ocultos como gigantescos caracoles alrededor de un cilindro tan largo como el frente de cada local y que bien temprano cada mañana, se desperezaban cadenciosamente, hasta quedar totalmente desplegados al ritmo de la manivela diestramente agitada por......... Carmelo.

Es que el modo que Carmelo tenía de solventar la ingesta diaria de su etílico "alimento", (no se le conocieron habilidades masticatorias), era la misérrima paga que un grupo de comerciantes le efectuaba a cambio de su diaria labor.Todos los días, con lluvia o con sol, Carmelo se ponía la larga manivela sobre el hombro y caminaba las 15 cuadras que, en línea recta, lo separaban de la estación Caseros.

Aproximadamente en la cuadra número diez, recién comenzaba la tarea y continuaba hasta el final de centro comercial, donde la calle Tres de Febrero se extingue contra las vías del ferrocarril. Una recorrida a las 7 de la mañana, el regreso a las 8: 30, una siestita con ayuda de un Talacasto y otra vez, la manivela sobre el final de la tarde, 15 cuadras de ida, 15 de vuelta. Se diría que Carmelo era una suerte de "abanderado" sin bandera, que cada mañana desplegaba las telas multicolores, para replegarlas por las noches.

Abanderado puntual si lo hubo, hasta que crueles adolescentes (si se me permite la tautología), descubrimos que aquella pasión futbolera de Carmelo, nos podía proporcionar un placer al que, a pesar de nuestros inexistentes patrimonios, podíamos acceder a nuestro antojo.
El "juego" consistía en aguardar el paso de Carmelo, convenientemente ocultos en la ochava de la esquina (Caferatta y Tres de Febrero) y una vez que la espalda de nuestra víctima quedase a nuestra merced (lo mas parecido a la alevosía), a coro gritar ¡ABAJO BOCA!.
El resultado era instantáneo, Carmelo enardecido giraba sobre sus talones y nos lanzaba todo tipo de insultos y amenazas.
En esto no había espíritu de cuerpo, hasta los hinchas de Boca, denostabamos a nuestro amado club, con tal de disfrutar del colosal despliegue verbal de Carmelo.

Ocurre que como en todo barrio populoso, varios eran los grupos de niños y adolescentes que en distintas esquinas se reunían a ver pasar la vida (total por entonces se la podía ver pasar sin peligro) y cada uno de esos grupos, se fue convirtiendo en una célula urbana dedicada a subvertir la rutina de Carmelo.
No terminaba de hacer cien metros Carmelo, aun retumbando en sus oídos la gritería a la que había dedicado diez minutos de insultos, que ya tenía que recargar su batería de improperios para repeler un nuevo embate de la "barra" de la esquina siguiente.

Mas tarde descubrimos que mayor efecto hacía el apelativo de "Comadreja" y alternabamos nuestros ataques de un modo y otro.

El problema que enfrentabamos para trazar nuestras estrategias, era que en tanto nuevos "milicianos" se iban incorporando a las filas de provocadores, se tornaban menos predecibles los horarios en que Carmelo aparecería.
Tan es así, que muchas veces tuvimos que interrumpir abruptamente algún partido callejero, para tomar raudamente nuestras posiciones y a la primera señal ser lo mas certeros posible en nuestro ataque.
- ¡ABAJO BOCA!, le gritaba uno desde una de las esquinas. Y cuando Carmelo orientaba la mira de sus insultos hacia el lugar de donde provenía la voz, desde la esquina opuesta, -¡COMADREJA!, lanzaba otro.
Y la andanada se reorientaba.
El duelo, siempre fue leal, la impecable dialéctica del atacante y el atacado, fue dando lugar a la amistad.
No hubo, nunca, lugar para el rencor. De algún modo, Carmelo, había quebrado la rutina, tenía una nueva razón para enfrentar las calles (en realidad la calle Tres de Febrero), solo que debió replantear sus horarios de partida y regreso, ya que estuvo a punto de cerrar los toldos por la mañana y abrirlos por las noches.

Casi sin darnos cuenta, (en realidad sin darnos cuenta para nada), nos fuimos viniendo adultos y la adultez nos llevó a replantearnos esa chiquilinada de gritarle cosas a Carmelo. Cualquiera que pasase por nuestra esquina, podía ver brillar las brasas de nuestros "oficiales " cigarrillos y nadie que se precie de hombre, puede "aprovecharse" de un pobre viejo, como Carmelo.

Recuerdo la primera vez, Carmelo venía lento, con su manivela al hombro.
Su mirada fija en línea recta hacia la Estación Caseros, dejaba entrever un leve desvío a nuestra esquina. Se venía preparando y nosotros no lo percibimos.

Alguien dijo -¡Viene Carmelo! y otro retrucó, -No lo jodan, pobre viejo...., ¡somos grandes, che!.
Y sí, así nos sentíamos.

Carmelo, pasó, parecía mas erguido cada vez, cuando había traspuesto diez metros de nuestra ubicación se detuvo, giró y nos sonrió casi con tristeza.
Alguno de nosotros ensayó un saludo, -Buenas tardes Carmelo, -Buenas tardes pibe, respondió y mas despacio, menos erguido que hacía cinco minutos siguió su destino de toldos.

De a uno, o todos juntos, no recuerdo, nos fuimos yendo del barrio. Nunca nadie de nosotros volvió a ver a Carmelo.
Fue un día de Julio o de Agosto, del año setenta y pico, no recuerdo bien, acurrucado en una vereda de la calle Tres de Febrero se murió.................... ya casi no había toldos en Caseros, ni pibes.



HUGO, MUCHAS GRACIAS POR ESTA EXCELENTE Y HERMOSA HISTORIA DE BARRIO.
holacaseros.com


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